• enero 19, 2026
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El cielo nocturno, tal como lo conocemos, no será eterno. Dentro de miles de millones de años, la Vía Láctea y la galaxia de Andrómeda se encontrarán en un evento cósmico que cambiará radicalmente nuestro hogar en el universo. Este “abrazo galáctico” promete un espectáculo sin precedentes y determinará el destino final de nuestra galaxia.

Durante siglos, la humanidad pensó que el firmamento era inmutable. Sin embargo, hace poco más de cien años comprendimos que el universo es dinámico y mucho más extenso de lo que imaginábamos. Hoy en día sabemos que Andrómeda se aproxima a la Vía Láctea a una velocidad de aproximadamente 120 kilómetros por segundo, impulsada por la atracción gravitacional mutua.

¿Es inevitable la colisión?

Aunque durante décadas se asumió que el choque era inevitable, estudios recientes sugieren que el desenlace aún no está completamente definido. La trayectoria exacta depende de la velocidad tangencial de Andrómeda, un parámetro difícil de medir con precisión. Además, la influencia de galaxias satélite —como la Gran Nube de Magallanes— podría modificar el curso previsto hasta en un 50 %, disminuyendo la probabilidad de una colisión frontal.

Incluso en el escenario más extremo, las estrellas no colisionarían entre sí como suele mostrarse en la ciencia ficción. Las galaxias, aunque enormes, están compuestas en su mayoría por vacío: las distancias entre estrellas son tan grandes que, durante la fusión, estas simplemente pasarían de largo.

Crónica de un abrazo anunciado

Los modelos astronómicos indican que el primer acercamiento significativo tendrá lugar dentro de unos 4 mil millones de años. Para entonces, Andrómeda crecerá espectacularmente en el cielo nocturno hasta dominar el firmamento, ofreciendo un panorama nunca antes visto desde la Tierra.

Tras ese primer encuentro, ambas galaxias se separarán brevemente antes de iniciar un proceso de fusión definitiva que podría extenderse por hasta 10 mil millones de años. La materia oscura, presente en los vastos halos galácticos, desempeñará un papel clave al frenar los movimientos orbitales y favorecer la unión final.

El Grupo Local —al que pertenecen la Vía Láctea, Andrómeda y decenas de galaxias menores— se volverá más compacto. En este complejo equilibrio, la galaxia M33 favorecería la fusión, mientras que la Gran Nube de Magallanes ejercerá una fuerza contraria que podría desviar el destino final.

El viaje del Sol en la marea estelar

Nuestro Sistema Solar no permanecerá inmóvil durante este proceso. Existe la posibilidad de que el Sol sea empujado hacia las regiones externas del nuevo sistema galáctico, viajando por largas colas de marea estelar. Incluso, aunque es poco probable, Andrómeda podría capturar gravitacionalmente al Sol antes de la fusión completa, convirtiendo a la Vía Láctea en un objeto distante en nuestro cielo.

Afortunadamente, las órbitas planetarias internas no deberían verse afectadas. El mayor riesgo provendría de una posible lluvia de cometas desde la nube de Oort, provocada por perturbaciones gravitacionales de estrellas cercanas.

Todo esto coincidirá, además, con el ocaso del Sol: dentro de ese mismo periodo, nuestra estrella se convertirá en una gigante roja, sellando el destino final de la Tierra.

Milkomeda: la galaxia del futuro

La galaxia resultante ha sido bautizada como Milkomeda. Ya no será una elegante espiral, sino una galaxia elíptica, de apariencia suave y sin un disco definido. Las estrellas se moverán en órbitas aleatorias, marcando el fin de la estructura galáctica que hoy conocemos.

A diferencia de otras colisiones galácticas, no se espera un estallido masivo de formación estelar. Ambas galaxias cuentan actualmente con poco gas disponible, por lo que la transición será relativamente tranquila, poblada principalmente por estrellas antiguas.

En el centro de Milkomeda, los agujeros negros supermasivos de ambas galaxias formarán un sistema binario que, eventualmente, se fusionará, liberando enormes cantidades de ondas gravitacionales: el acto final de esta epopeya cósmica.

Dentro de unos 100 mil millones de años, Milkomeda será prácticamente todo lo visible en el universo observable desde nuestro punto de vista. La expansión acelerada del cosmos empujará a las demás galaxias más allá del horizonte, dejando a nuestro nuevo hogar como una isla solitaria en un océano oscuro e infinito.

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